Cogiendo Lucha

 

 

 
myprofile

Name: Balzac
Home: United States
About Me: un dominicano que ha cogido mucha lucha.
See my complete profile

previouspost
myarchives
mylinks
bloginfo
This blog is powered by Blogger.
Blog designed by TemplatePanic.
Dialogo Entre Un Cura y Un Moribundo
Posted at domingo, octubre 15, 2006
Dialogos entre un cura y un moribundo
Marques de Sade
(1740-1814)


El cura: ¿Llegado a este instante fatal, en que el velo de la ilusión no se desgarra mas que para dejar ver al hombre seducido el cuadro cruel de sus errores y vicios, no te arrepientes enteramente, hijo mío, de los múltiples trastornos que te han provocado la debilidad y la fragilidad humanas?
El moribundo: Si, amigo mío, me arrepiento.

El cura: Pues bien, aprovecha estos felices remordimientos para obtener del cielo, en el pequeño intervalo que te queda, la absolución total de tus faltas, y piensa que solo mediante el santísimo sacramento de la penitencia te será posible obtenerla del Padre Eterno.

El moribundo: No te entiendo más de lo que tu no me has comprendido.

El cura: ¡Qué!

El moribundo: Te he dicho que me arrepentía.

El cura: Lo he oído.

El moribundo: Si, pero sin comprenderlo.

El cura: ¿Qué interpretación?...

El moribundo: Hela aquí... Creado por la naturaleza con gustos muy vivos, con pasiones muy fuertes; emplazado en este mundo únicamente para entregarme a ellos y satisfacerlos, y estos efectos de mi creación no siendo mas que necesidades relativas a las primeras intenciones de la naturaleza, o si lo prefieres, derivaciones esenciales a sus proyectos para mí, todos en razón de sus leyes, solo me arrepiento de no haberme apercibido de todo su poder, y mis únicos remordimientos recaen solo sobre el mediocre uso que hice de las facultades (criminales según tu, muy sencillas según yo) que ella me había regalado para servirla; algunas veces me resistí a hacerlo, me arrepiento. Cegado por el absurdo de tus sistemas, he combatido por ellos toda la violencia de los deseos, que había recibido por una inspiración bastante más divina, y me arrepiento, solo he cosechado flores cuando podía haber recolectado grandes frutos... He aquí los motivos reales de mis remordimientos, apréciame lo suficiente como para no suponerme otros.

El cura: ¡A donde te llevan tus errores, a dónde te conducen tus sofismas! Otorgas a la creación todo el poder del creador, y esa desgraciada predisposición te ha perdido, no ves mas que lo que en realidad son los efectos de esa naturaleza corrupta, a la que atribuyes el ser omnipotente.

El moribundo: Amigo, me parece que tu dialéctica es tan falsa como tu espíritu. Querría que razonases mejor, o que me dejases morir en paz. ¿Qué entiendes por creador y qué entiendes por naturaleza corrupta?

El cura: El Creador es el Señor del universo, es quien lo ha hecho todo, creado todo, y quien lo conserva por el simple hecho de su omnipotencia.

El moribundo: He ahí un gran hombre, seguramente. Y bien, dime por que este hombre, que es tan poderoso, ha por tanto hecho según tu una naturaleza tan corrupta.

El cura: ¿Qué mérito tendría el hombre, si Dios no le hubiera dejado el libre albedrío, y qué gozo habría merecido, si sobre la tierra no hubiera tenido la posibilidad de hacer el bien y evitar el mal?

El moribundo: ¿Así que tu dios ha querido hacerlo todo defectuoso para tentar, o poner a prueba a su criatura? ¿Acaso no la conocía? ¿Acaso albergaba dudas sobre el resultado?

El cura: Sin duda la conocía, pero aun así quería dejarle el mérito de la elección.

El moribundo: ¿Por qué buen propósito? Puesto que él ya sabía el partido que ella tomaría y que solo le tenía a él, ya que le dices omnipotente, que solo debía rendir cuentas ante sí mismo, digo yo, que le haría tomar el buen camino.

El cura: ¿Quién puede comprender las perspectivas inmensas e infinitas que tiene Dios puestas sobre el hombre y quién puede comprender todo lo que nosotros vemos?

El moribundo: Aquél que simplifica las cosas, amigo mío, aquél que sobre todo no multiplica las causas, para mejor embrollar los efectos. ¿Acaso necesitas una segunda dificultad, cuando ni eres capaz de explicar la primera, y desde que es posible que la naturaleza haya podido hacer ella sola todo eso que atribuyes a tu dios, para que quieres buscar un señor? La causa de lo que no comprendes es quizás la cosa más simple del mundo. Perfecciona tu psique y comprenderás mejor la naturaleza, depura tu razón, expulsa tus prejuicios y no necesitarás mas a tu dios.

El cura: ¡Desgraciado! Yo que te creía solo sociniano - tenía armas para combatirte, pero ya veo que eres ateo, y que tu corazón rehusa las pruebas que recibimos cada día de la existencia del Creador- no tengo nada más que decirte. No se da luz a un ciego.

El moribundo: Amigo mío, convendrás en algo, de dos lo es mas aquél que se pone una venda sobre los ojos que el que se la arranca. Tu construyes, inventas, multiplicas, yo suprimo, simplifico. Tu acumulas error sobre error, yo los combato todos. ¿Cuál de nosotros es el ciego?

El cura: ¿No crees entonces en Dios?

El moribundo: No. Y por una razón bien simple, y es que resulta completamente imposible creer lo que no se comprende. Entre la comprensión y la fe, debe existir una correspondencia; si la comprensión no actúa, la fe está muerta, y aquellos que pretenden tenerla, la imponen. Te desafío a creer en el dios que me predicas - por que tu no sabrías demostrármelo, por que no está e ti el poder de definírmelo y en consecuencia no lo comprendes- y desde que tu no lo comprendes, no puedes proporcionarme ningún argumento razonable, por tanto todo lo que está por encima de los limites del espíritu humano es o una quimera o una inutilidad; tu dios no puede ser si no una de las dos cosas, en el primer caso yo sería un loco si creyera, en el segundo un imbécil.

Amigo mío demuéstrame la inercia de la materia, y yo te concederé al creador, pruébame que la naturaleza no se basta a sí misma, y te permitiré suponerle un señor; hasta entonces no esperes nada de mí, solo me rindo ante la evidencia, y solo la recibo de mis sentidos; allí donde no llegan mi fe queda sin fuerza. Creo en el sol por que lo veo, lo conozco como el centro de reunión de toda la materia inflamable de la naturaleza, su movimiento periódico me complace sin asombrarme. Es una cuestión de física quizás tan simple como la electricidad, pero que no podemos aun comprender. ¿Qué necesidad tengo de ir mas lejos, cuando tu me hayas bosquejado a tu dios por encima de esto, habré avanzado y no necesitare más esfuerzo para comprender al obrero que para definir la obra?

Por lo tanto, no me has rendido ningún servicio edificando tu quimera, has turbado mi espíritu, pero no lo has esclarecido y no te debo mas que odio en lugar de reconocimiento. Tu dios es una maquina que has fabricado para servir a tus pasiones, la has hecho moverse a tu antojo, pero desde que perjudica los míos acepta que la haya derribado, y en el momento en que mi débil alma necesita calma y filosofía, no vengas a horrorizarla con tus sofismas, que la asustarían sin convencerla, que la irritarían sin mejorarla; ella es, amigo mío, esta alma, lo que ha querido la naturaleza que fuera, es decir el resultado de los órganos con que ella quiso formarme, en vista de sus perspectivas y necesidades; y como ella tiene la misma necesidad de vicios y de virtudes, cuando ha preferido llevarme hacia los primeros, me ha inspirado los deseos y yo he cedido a ellos. No busques más que sus leyes como única causa a nuestra inconsecuencia humana, y no busques en sus leyes otros principios que su voluntad y su necesidad.

El cura: Así pues todo es necesario en el mundo.

El moribundo: Desde luego.

El cura: Pero si todo es necesario, todo esta pues regulado.

El moribundo: ¿Quién ha dicho lo contrario?

El cura: ¿Y quién puede regularlo todo tal y como está si no una mano omnipotente y omnisciente?

El moribundo: ¿Acaso no es necesario que la pólvora se inflame cuando le prendemos fuego?

El cura: Sí.

El moribundo: ¿Y que sabiduría encuentras en ello?

El cura: Ninguna.

El moribundo: Es posible entonces que hayan cosas necesarias sin sabiduría y por consecuencia que todo derive de una causa primera, sin que haya razón ni sabiduría en esta primera causa.

El cura: ¿adónde quieres llegar?

El moribundo: A que todo puede ser lo que ves, sin ninguna causa sabia y razonable que lo conduzca, y que los efectos naturales han de tener una causa natural, sin que haya necesidad de suponerles causas antinaturales, tal como seria tu dios en sí mismo, así que como ya he dicho, tu dios necesitaría una explicación y no suministra ninguna; en consecuencia y dado que tu dios no sirve para nada, es perfectamente inútil; pese a su gran apariencia, lo que es inútil es nulo y todo lo que es nulo es nada; por tanto para convencerme de que tu dios es una quimera, no necesito ningún otro razonamiento que el que me proporciona la certeza de su inutilidad.

El cura: Sobre esa base me parece innecesario hablarte sobre religión.

El moribundo: ¿Por que no? Nada me divierte tanto como comprobar los excesos y hasta que punto los hombres han podido llevar el fanatismo y la imbecilidad; Son un tipo de desviaciones tan prodigiosas, que el cuadro me parece, pese a lo horrible, aun interesante. Contéstame con franqueza y sobre todo sin egoísmo. Si yo estuviera tan débil como para dejarme sorprender por tus ridículos planes sobre la existencia fabulosa de un ser que me haga la religión necesaria ¿de qué manera me aconsejarías que le rindiese culto? ¿Preferirías que adoptara los sueños de Confucio, mas que los absurdos de Brahma? ¿Adoraría la gran serpiente de los negros, la estrella de los Peruanos o el dios de las armadas de Moises? ¿A cual de las sectas de Mahoma querrías que me rindiese, o que herejía de los cristianos seria según tu preferible? Ten cuidado con tu respuesta.

El cura: ¿Podría ser dudosa?

El moribundo: Entonces es egoísta.

El cura: No, es por amarte tanto que te aconsejo lo que creo.

El moribundo: Y es amarnos bien poco los dos estar escuchando semejantes errores.

El cura: ¿Y quién puede permanecer ciego ante los milagros de nuestro divino redentor?

El moribundo: Aquél que no ve en él mas que al más vulgar de los tramposos, al más necio de los impostores.

El cura: ¡Oh Dios, lo escuchas y no truenas!

El moribundo: No, amigo mío, todo esta en calma, por que tu dios, sea impotente, sea razón, sea todo lo que quieras, en un ser que solo admito un momento por condescendencia hacia ti, o si lo prefieres para prestarme a tus pequeñas visiones, por que este dios, digo, si existe como tu tienes la locura de creer, no pudo haber para convencernos tomado medidas mas ridículas que las que tu Jesús implica.

El cura: ¿Cómo, las profecías, los milagros, los mártires, no son pruebas?

El moribundo: ¿Cómo quieres en buena lógica que yo pueda recibir como pruebas lo que se necesita a sí mismo? Para que la profecía se convierta en prueba, haría falta que yo tuviese la completa certeza de que ha sido formulada; si está consignada en la historia, no puede haber para mi otra fuerza que todos los demás hechos históricos, de los que tres cuartas partes son dudosos; Si a eso sumamos la conjetura más que verosímil de que no me han llegado transmitidos mas que por historiadores interesados, estaría como ves en todo mi derecho de dudarlo. ¿Quién me asegurará además que esta profecía no ha sido el resultado de la combinación de la más simple política, como aquella que ve en un reino feliz un rey justo, o las heladas en invierno? ¿Y si es así, como quieres que la profecía, teniendo tal necesidad de ser probada en si misma, pueda convertirse en prueba?

A la vista de tus milagros, no me siento en desventaja. Todos los tramposos han hecho milagros, y todos los tontos han creído en ellos; para persuadirme de la veracidad de un milagro, haría falta que yo estuviera seguro de que el acontecimiento que llamas así fuese completamente contrario a las leyes de la naturaleza, ya que solo lo que esta fuera de ella podría pasar por un milagro, ¿Y quién la conoce lo suficiente como para poder afirmar que ese es precisamente el caso? Solo hacen falta dos cosas para acreditar un pretendido milagro, un prestidigitador y unas mujercitas; Va, no busques otros orígenes a los tuyos, todos los nuevos sectarios han hecho milagros, y lo que es aun más curioso, todos han encontrado imbéciles que les han creído. Tu Jesús no hizo nada más especial que Apolonio de Tiana, y nadie ha pretendido tomar a este último por un dios; en cuanto a tus mártires, este es sin duda el más débil de tus argumentos. Solo son necesarios entusiasmo y resistencia para hacer un mártir, en tanto que la causa opuesta me ofrecerá igual cantidad de mártires que la tuya, jamas estaré suficientemente autorizado para creer a una mejor que la otra, pero bien preparado por el contrario para suponerlas ambas lastimosas.

¡Ah! Amigo mío, si fuese cierto que el dios que predicas existiera, ¿Necesitaría milagros, mártires y profetas para establecer su imperio, y si, como tu dices, el corazón del hombre fuera obra suya, no sería el santuario que habría elegido para su ley? Esta ley igualitaria ya que habría emanado de un dios justo, se encontraría de esa manera irresistiblemente grabada en todos, de un extremo al otro del universo, todos los hombres se parecerían por este órgano delicado y sensible, se parecerían también por el homenaje que rendirían a dios desde que lo tuvieran, tendrían todos una misma manera de amarlo, tendrían todos la misma manera de adorarlo o de servirlo y les resultaría imposible no reconocerlo y resistirse a su pensamiento y su culto. ¿Qué veo en cambio en el universo, tantos dioses como países, tantas maneras de servir a esos dioses como diferentes cabezas o diferentes maneras de imaginar, y esta variedad de opiniones en la que me es físicamente imposible de elegir sería, según tú, la obra de un dios justo?

Vamos, con tus prédicas ultrajas a tu dios presentándomelo así, déjame negarlo sin embargo, ya que si existe, lo ultrajo bastante menos con mi incredulidad que tu con tus blasfemias. Recupera la razón, predicador, tu Jesús no vale más que Mahoma, Mahoma más que Moises, y ninguno de los tras más que Confucio quien a pesar de ello dicta algunos buenos principios mientras que los otros tres disparatan; En general todas estas gentes no son mas que impostores, de los que el filosofo se burla, que la chusma ha creído y que la justicia hubiera debido arrestar.

El cura: Ay, desgraciadamente lo hizo en demasía con uno de los cuatro.

El moribundo: Era él quien más lo merecía. Era sedicioso, turbulento, calumniador, iracundo, libertino, un mal farsante y un malvado peligroso, poseía la cualidad de convencer al pueblo y eso le convertía por consecuencia en castigable en un reino en el estado en que se encontraba entonces el de Jerusalén. Fue muy sabio al deshacerse de él y es quizás el solo caso en que mis máximas, extremadamente suaves y tolerantes por cierto, pueden admitir la severidad de Temis; Justifico todos los errores, excepto aquellos que pueden resultar peligrosos bajo el gobierno en que se vive; Los reyes y sus majestades son las únicas cosas que me imponen, las únicas que respeto, y quién no ama a su país y a su rey no es digno de vivir.

El cura: En fin, ¿admitís que existe algo después de esta vida? Es imposible que vuestro espíritu no se haya complacido alguna vez en atravesar las tinieblas del destino que nos espera, y ¿Que sistema podría haber mejor que una multitud de penas para aquel que vivió mal y una eternidad de recompensas para aquel que vivió bien?

El moribundo: ¿Qué? Amigo mío, sólo la nada; Nunca me ha espantado y solo veo consuelo y facilidad; Todas las demás posibilidades son obra del orgullo, solo esta es obra de la razón. Por otra parte no es horroroso ni absoluto, es nada. ¿No tengo bajo mis ojos el ejemplo de generaciones y regeneraciones perpetuas de la naturaleza? Nada perece, amigo mío, nada se destruye en el mundo, hoy hombre, mañana gusano, pasado mañana mosca, ¿no es siempre existir? Y ¿por qué quieres que sea recompensado por virtudes sobre las que no tengo ningún mérito, o castigado por crímenes de los que no he sido el maestro? ¿Puedes encontrar la bondad en tu presunto dios con este sistema? ¿Y puede él haber querido crearme para darse el placer de castigarme? ¿Y esto solo en consecuencia de una elección de la que no he sido dueño?

El cura: Lo sois.

El moribundo: Sí, según tus prejuicios; pero la razón los destruye y el sistema de libertades del hombre solo fue inventado para fabricar el de la gracia que es tan favorable a tus sueños. ¿Qué hombre en este mundo, viendo el patíbulo al lado del crimen, lo cometería si fuera libre de no hacerlo? Nos vemos arrastrados por una fuerza irresistible, y ni por un instante dueños de mas poder que el de determinar hacia que lado se inclina. No hay ni una sola virtud que no le sea necesaria a la naturaleza y de la misma manera, tampoco un crimen que no necesite, y es en un perfecto equilibrio en que mantiene los unos y las otras, en eso consiste toda su ciencia, ¿Pero podemos nosotros considerarnos culpables del lado hacia el que nos arroja? No más de lo que lo es la avispa cuando clava su aguijón en tu piel.

El cura: ¿Así pues, el mayor de los crímenes no debe inspirarnos ningún temor?

El moribundo: No es eso lo que digo, basta que la ley condene, y que la espada de la justicia castigue, para que deba inspirarnos terror y desistir, pero, una vez desgraciadamente cometidos, hay que saber tomar partido, y no librarse a estériles remordimientos; su efecto es vano, ya que no pueden preservarnos, nulo, ya que no lo reparan; Es absurdo pues abandonarse a ellos y más absurdo aun temer ser castigados en el otro mundo si somos ya bastante felices de haber escapado en este. A dios no le complace que yo vaya por ahí alentando el crimen, hay seguramente que evitarlo en lo posible, pero es usando la razón que hay que saber rehuirlo, y no por falsas creencias que no conducen a nada y con las que el efecto es tan pronto destruido en un alma poco firme. La razón- amigo mío, si, solo la razón debe advertirnos de que perjudicar a nuestros semejantes no puede hacernos felices, y que nuestro corazón, si contribuimos a su felicidad, es lo más grande que la naturaleza nos ha podido conceder sobre la tierra; toda la moral humana esta encerrada en estas palabras: hacer a los demás tan felices como deseamos serlo nosotros y no hacerles jamas más mal del que querríamos recibir.

Estos son los únicos principios que deberíamos seguir y ya no tendríamos necesidad ni de religión, ni de dios para convencernos y admitirlo, solo es necesario un buen corazón. Pero, siento que me debilito predicando, vence tus prejuicios, sé hombre, sé humano, sin remordimientos ni esperanzas, deja aquí tus dioses y tus religiones; todo eso solo sirve para poner espadas en manos de los hombres, y el solo nombre de esos horrores ha hecho derramar mas sangre sobre la tierra, que todas las otras guerras y atentados a la fe. Renuncia a la idea del otro mundo, no lo hay, pero no renuncies al placer de ser feliz y realizarte en este. He aquí la única manera en que la naturaleza te ofrece doblar tu existencia o esperarla. Amigo mío, la voluptuosidad fue siempre el mas querido de mis bienes, la he lisonjeado toda mi vida, y he querido terminar en sus brazos: Mi final se acerca, seis mujeres, más bellas que el día, aguardan en aquel gabinete, las reservaba para este momento, toma tu parte, intenta olvidar sobre sus senos, siguiendo mi ejemplo, todos los vanos sofismas de la superstición, y todos los estúpidos errores de la hipocresía.

El moribundo llama, las mujeres entran y el cura se convierte entre sus brazos en un hombre corrompido por la naturaleza, por no haber sabido explicar lo que era la naturaleza corrupta.



Traducido del frances
posted by Balzac 11:10 a.m.  
 
0 Comments:


Publicar un comentario
» HOME